El Convento y La Iglesia

Santa Teresa y la fundación de este convento.

1. Introducción.

Entre el 28 de marzo de 1515 cuando nació en Ávila,  Teresa de Cepeda, Teresa Sánchez o Teresa Pina, es decir Teresa de Ahumada, santa Teresa de Jesús y el 4 de octubre de 1582 cuando murió en el convento de “La Anunciación de Ntra. Sra. del Carmen” de Alba de Tormes que ella había fundado en 1571, transcurrieron los 62 fecundos años de la reformadora del Carmelo.

Sobre su vida creo necesario recordar algunos datos de origen y familiares, y de su peregrinar como reformadora del Carmelo, aquellos que mucho tiene que ver con la personalidad de Teresa, y también con la fundación de Alba .

Su padre Alonso Sánchez de Cepeda el toledano era hidalgo de ejecutoria, pero se sabía que era hijo del converso Juan Sánchez de Cepeda, y hoy sabemos que 1485 aquel abuelo de Teresa se presentó espontáneamente ante los inquisidores de Toledo y “confesó haber fecho  e cometido muchos graves crímenes y delictos de herejía y apostasía contra nuestra fee católica,” siendo condenado a recorrer durante siete viernes los templos toledanos vestido con el amarillo sambenito infamante. Era sentencia benévola, pero le dejaba marcado como judaizante reconciliado, y con él a sus descendientes. En 1493, al año de la expulsión de los judíos, se estableció en Ávila, primero como comerciante en paños y seda y luego como agricultor y recaudador de impuestos. Juan y sus cuatro hijos estarán años obsesionados por aparentar ser hidalgos que no pagaban impuestos, logrando en un pleito de hidalguía que impulsaron, ser reconocidos como tales, probando que lo eran desde siempre.

Según ella misma dirá: Éramos tres hermanas y nueve hermanos. Doce hermanos en total: dos del primer matrimonio de su padre con Catalina del Peso y diez del segundo con Beatriz Dávila y Ahumada, del que en menos de veinte años nacieron tantos hijos, muriendo jovencísima su madre. El padre gastó tiempo y fortuna en lavar la “manchada” honra y murió arruinado, dejando a la familia en una apretada situación que pregona la suerte de sus nueve hermanos varones: uno muerto en África guerreando y siete forzados a partir en busca de fortuna a las Indias, de donde cuatro no volvieron.

En su convento albense pasará sus últimos intensos 15 días de vida. Llamada para acompañar a la joven Duquesa en el parto de su hijo, llegó al atardecer del 20 de septiembre (el día anterior había parido la duquesa) y tuvo que acostarse enseguida. «¡Oh válame Dios, hijas y qué cansada me siento! Bendito sea Dios que he caído mala entre ellas. Me siento tan quebrantada que a mi parecer no tengo hueso sano». El 4 de octubre, muere mientras el reloj daba las nueve campanadas (año tras año, sus hijas recuerdan el aniversario dando esas nueve campanadas cada 9 de octubre). Su cuerpo fue depositado en el templo, y al día siguiente, que ya era 15 de octubre por la implantación de la reforma gregoriana del calendario, se celebró su funeral a las 10 de la mañana en la iglesia recién concluida, al que acudieron los que asistieron el día antes al bautizo del nuevo vástago de los Duques, con lo que la fama de santidad de Teresa se extendió (en 1614 fue beatificada y en 1622 canonizada). En el pasado siglo, en 1922 fue nombrada Doctora honoris causa por la Universidad de Salamanca y en 1970 Doctora de la Iglesia Universal. Estos hitos y sus correspondientes centenarios dejaron su huella en el templo y el patrimonio conventual.

En Alba su cuerpo ha estado hasta hoy, salvo el corto periodo que estuvo en Ávila: del 25 de noviembre de 1585 al 23 de agosto de 1586. Con ello esta octava fundación pasó a ser un hito teresiano fundamental en el que Teresa está especialmente presente, tanto por sus valiosas reliquias, como por la huella de aquellos últimos quince días que pasó allí, y con su presencia condicionó la transformación del templo. Además la villa ducal, aquella tierra de Alba, tan nombrada  al decir de Garcilaso, paso  a unir indisolublemente su historia a la de Teresa, de manera que –como he dicho repetidas veces- una no se explica sin la otra.

Casi 42 de sus 62 años de vida pasaron en el Carmelo: descalzo y calzado. El 2 de noviembre del 1535, cuando tenía 20 años,  salió a escondidas de su casa paterna y se dirigió a la Encarnación donde fue Teresa de Jesús. En ese monasterio estará hasta 1562, cuando salga a fundar, y a él volvió como priora en 1571, durante tres años. En total treinta años pasó entre sus muros.

San José de Ávila fue la primera y humilde fundación, el modelo para las siguientes. Allí permaneció cinco años. Luego, entre 1567 y 1582, peregrinó fundando conventos.  Tenía 52 años y estaba harto achacosa. Fueron dieciséis los carmelos femeninos que fundó aquella mujer vagamunda e inquieta (diecisiete contando Pastrana), con tan sólo un pequeño ejército de monjas orantes y un fraile al que sacaba más de cuarto de siglo de edad: fray Juan de la Cruz.  Su escueta relación es esta: San José de Ávila 1562, San José de Medina del Campo 1567, San José de Malagón 1568, La Concepción de Nª Srª del Carmen de Valladolid 1568, San José de Toledo 1569, San José de Salamanca 1570, La Anunciación de Nª Srª del Carmen de Alba de Tormes 1571, San José del Carmen de Segovia 1574, San José del Salvador de Beas de Segura 1575, San José del Carmen de Sevilla 1575, San José de Caravaca 1576, Santa Ana Villanueva de la Jara 1580, San José de Palencia 1581, la Trinidad de Soria 1581, San José de Burgos 1582, San José de Granada 1582. No cuajó el de San José de Pastrana de 1569 del que las monjas saldrán en 1574 y además puso en marcha la reforma de los frailes (Duruelo 1568 y Pastrana 1571). Siete de ellos (más los dos de frailes) fueron fundados entre 1567 y 1571, en apenas cinco años.

2. Convento e iglesia de Alba de Tormes. Fundación y proceso constructivo.

A mitad de ese camino, cerrando esos cinco intensos años, fundará en Alba de Tormes. Fueron los fundadores Francisco Vázquez y Teresa de Laíz, el primero cristiano nuevo, que tuvo problemas como procurador en la Universidad de Salamanca, la segunda mujer de peculiar carácter que al no tener hijos empujó al contador y a su propia familia (los Aponte) a fundar este convento. Santa Teresa narra escuetamente el proceso fundacional: “Por el contador del duque de Alba y de su mujer fui importunada para que en aquella villa hiciese una fundación y monasterio. Yo no lo había mucha gana pues, por ser lugar pequeño, era menester que tuviese renta, que mi inclinación era a que ninguna tuviese. Pero fray Domingo Bañes, mi confesor, me riñó y dijo que, pues el Concilio daba licencia para tener renta, no debía dejar de hacer un monasterio por eso”. Insiste ella: “Harto trabajo se pasó en concertarnos, porque yo siempre he pretendido que los monasterios que fundaba con renta la tuviesen tan bastante, que no hubiesen menester las monjas a sus deudos ni a ninguno, sino que de comer y vestir les den todo lo necesario en la casa, y las enfermas muy bien curadas; porque de faltarles lo necesario vienen muchos inconvenientes. Y para hacer muchos monasterios de pobreza sin renta, nunca me falta corazón y confianza, con certidumbre que no les ha Dios de faltar. Y para hacerlos de renta y con poca, todo me falta, prefiero que no se funden.

En fin, vinieron a ponerse en razón y dar bastante renta para el número; y lo que les tuve en mucho: que dejaron su propia casa para darnos, y se fueron a otra harto ruin. Púsose el Santísimo Sacramento e hízose la fundación día de la conversión de san Pablo, año de 1571, para gloria y honra de Dios, adonde –a mi parecer– es su Majestad muy servido. Plega a él lo lleve siempre adelante.”.

Añadimos a lo dicho por Teresa que la primera comunidad fue de 5 monjas, que Francisco Velázquez, tras ser receptor de la Universidad volvió en 1566 a Alba, siendo Contador del Duque hasta su muerte en 1574 y que mediaron en la fundación Juana de Ahumada (hermana menor de la Santa) y su marido Juan de Ovalle, que vivían en la villa.

El 3 de diciembre de 1570 se otorga la Escritura de Fundación estableciendo que los fundadores darán las casas en las que viven, y otras. Más diversas donaciones y juros, y harán “la capilla e altares della e cuerpo de Yglesia a su costa”. Se obliga Santa Teresa  a celebrar los consabidos cultos por los fundadores cuando sean difuntos, a que sean los únicos que se entierren en la capilla mayor, y sus descendientes sean los patronos del convento.

Una tradición albense sitúa a Teresa en Alba en enero de 1571, supervisando las obras conventuales a las que Juan de la Cruz ayudaba con sus manos como albañil, con la oración y confesando a las monjas. Construyó a la vez el convento material y el espiritual (poco más de un siglo después se levantó frente al de monjas el convento de  frailes, el primero dedicado a Juan de la Cruz.

La casa e iglesia de Alba testimonian que en la arquitectura santa Teresa partía de premisas claras que postulaban una arquitectura a la que cuadraban por igual los adjetivos de austera y esencial. Ella precisa en sus escritos la humildad que inspira arquitectónicamente sus fundaciones. Su estética se resume en dos conocidas máximas (anótese como cierra la segunda máxima):

  • ”Para fundar un convento no es menester más que una campanilla y una casa alquilada”.
  • ”La casa jamás se labre, si no fuese la iglesia,…, la casa sea pequeña y las piezas bajas; cosa que cumpla a la necesidad, y no superflua”.

Así sus templos serán estructuralmente sencillos,  iglesias tipo cajón y de con materiales pobres, en los que solo la cabecera y la portada rompen con la estricta austeridad propiciada por la fundadora. Una arquitectura de la que, por las muchas reformas que conocieron las iglesias fundadas por la Santa, quedan contados ejemplares, y que debía de calificarse como teresiana, no carmelitana si es que ese último y controvertido adjetivo se identifica con el modelo de templo de nártex rehundido con triple arco de la Encarnación de Madrid y San José de Ávila.

El templo tendrá, resumiendo, dos partes claramente diferenciadas:

  • La primitiva hecha entre 1571 y 1582, llega hasta el púlpito e incluye nave y anterior capilla mayor[4].
  • Sacristía, crucero, cúpula y presbiterio, con sus correspondientes retablos, producto de una ampliación barroca hecha entre 1670 y 1680, llamada la Obra Real.

La primera iglesia levantada sobre la casa de los fundadores, cuyo constructor fue Pedro Barajas, era alargada e incluía exclusivamente la nave de la actual iglesia con armadura de madera atirantada, más una capilla mayor que bien pudo tener planta similar a la del convento albense de las Isabeles, y que es probable no pasase de la fase de proyecto, decidiéndose sobre la marcha ampliar su espacio tomando parte de la alargada nave y la armadura para hacer el arco toral (no pudo ampliarse hacia el NO por no ser el terreno de los fundadores). Es capilla cuadrada, se cubre con bóveda nervada con combados y claves ornadas que indican la vinculación de Barajas con su tracista, Rodrigo Gil de Hontañón. Según el letrero de su cornisa en 1576 ya estaba acabada. Originariamente la capilla se cerraba  con un testero plano ante el que, sobre altas gradas (su altura la marca el comulgatorio que queda en alto, en el muro del evangelio), se levantaba el altar mayor, a la izquierda estaba el coro de las monjas y delante de las gradas el sepulcro exento de los fundadores protegido por una reja (en la restauración de 2005 se encontraron restos de la caja sepulcral y de uno de sus los fundadores situados en el eje del templo, frente al actual nicho sepulcral de ellos). En 1670 desapareció el testero en el que un fresco de Martín Delgado repetiá –a gran distancia– la disposición y traza del Juicio Final de Miguel Ángel en la Sixtina. Queda la huella de muy regular factura de los lunetos vaticanos con los símbolos de la Pasión en los plementos de la bóveda cercanos al desaparecido muro.

En la única nave del primer templo se abrían los huecos sepulcrales de los Ovalle (apellido del marido de la hermana pequeña de la Santa) en el muro del evangelio al fondo tras una reja y el de los Galarza en el de la epístola. Son de finales del XVI, obra Juan de Montejo, siendo magnífico el último citado  dispuesto en el hueco de una antigua puerta (la esposa y su damita, muy separados del esposo, parecen colgar de la pared) y con colosal escudo que mucho dice de su altanero propietario.

Tras la muerte de Santa Teresa, la iglesia -proyectada  como panteón del matrimonio fundador-  se transformó de facto en su panteón y su sepulcro pasó a ser motor de las reformas del templo. El 15 de octubre de 1582 fue enterrada en el antiguo coro bajo, entre las dos rejas, en un hueco con arco que se hizo visible desde el antiguo coro bajo en las últimas obras de restauración de la iglesia y se recogen en el informe de la arqueóloga Ana Rupidera Giraldo de febrero de 2005 del que procede el dibujo que aquí se reproduce, y allí volvió a ser enterrada al regresar desde Ávila. En 1600 Juan de Montejo y Alonso Rodríguez, contratan un nuevo sepulcro que era fundamentalmente una fachada clasicista para los dos coros primitivos y supuso la instalación del cuerpo en un arca en el coro alto. Beatificada la Santa en 1614, se procedió a organizar la zona coral en tres pisos: uno rehundido como capilla devocional, otro como coro conventual del que aún es visible en alto el comulgatorio, y un arco en alto, en el que en una «urna de piedra blanca alabastrada, muy bien floreteada de oro» se depositó el cuerpo de la Santa. Como consecuencia de esa transformación en 1627 se trasladó al muro de la Epístola el sepulcro de los fundadores, con lo que la capilla mayor antigua quedaba más libre.  La urna de piedra  en 1677 se trasladó al nuevo retablo de la capilla mayor barroca, allí fue sustituida en 1760 por la actual de mármol y fue trasladada al interior del convento. En 2003 ha sido restaurada e instalada tras la reja del coro primitivo (unos metros debajo de su emplazamiento original) y en 2014 se ha instalado en lo alto de este retablo de piedra uno óleo sobre tabla, Glorificación de santa Teresa de Miguel Ángel Espí (el boceto está en el Museo).

Con  la canonización de 1622, el culto aumentó considerablemente, resultando la pequeña iglesia insuficiente para acoger a los peregrinos y finalmente se hizo necesario, tras desmontar la anterior capilla mayor y romper el muro del testero de la cabecera antigua, agrandar el templo hacia la cabecera que como se ha dicho está orientada 315º NO. Se levantaron crucero, cúpula, nueva capilla mayor, dos camarines (alto y bajo), y sacristía.  Colaboraron con limosnas el rey Felipe IV y su esposa, María de Austria,  y por ello esa zona se ha llamado “la Obra Real”, realizada de 1670 a 1680. El proyectista fue el carmelita Juan de San José (autor de las  trazas del de Peñaranda, 1667).

Las pechinas de la cúpula, decoradas con motivos teresianos, son obra de Francisco Rizi y están terminadas ya en 1674. Los nuevos retablos son de un barroquismo mesurado, siendo los colaterales de 1676, obra de Fray Francisco de Jesús María y el central, traído algo antes desde Duruelo, seguramente también sea suyo. En la calle del lado del evangelio, en la predela, se representa la Adoración de los Magos, y sobre ella se superponen san José con el Niño y san Juanito, y el profeta Elías vestido de carmelita. En la otra calle se representan la Adoración de los Pastores, san Andrés y el profeta Eliseo de carmelita. En la hornacina del ático se aprovechó una imagen de la Santa que quizás pueda atribuirse a Antonio de Paz, anterior al retablo y conforme con el modelo creado por Gregorio Fernández. Es uno de los más espectaculares relicarios de la retablística hispana. Para el cuerpo de la Santa se reservó el lugar principal sobre el tabernáculo y como transparente. En el cuerpo bajo –a ambos lados del altar– había dos puertas, una destinada a exponer el brazo y otra el corazón de santa Teresa. En la más próxima al altar se dispuso luego un comulgatorio con su cratícula y los dos relicarios fueron instalados en un torno en la puerta del lado de la epístola.

En los dos siguientes planos de los edificios del convento se aprecia que existe una cierta continuidad entre los muros de la iglesia y los del convento y casi podemos suponer que la iglesia se adosa a las posesiones de los Velázquez, aprovechando parte de ellas, buscando una mínima coherencia estructural entre uno y otro edificio. La primitiva zona conventual, aunque muy reformada, también se adivina parcialmente en las desorganizadas fachadas a la huerta del cuerpo central del convento, en la zona del zaguán, portería y pozo, zona alterada por la construcción del noviciado, en los primeros años del siglo XX.

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En el plano actual aún puede adivinarse aquel primer convento y sus límites: estaba organizado alrededor de un sobrio claustro rectangular de desigual trazado, con las escaleras forzadamente incorporadas a su planta, y los únicos elementos de cierto gusto arquitectónico son los cuerpecitos salientes en el centro de cada fachada claustral. El convento al NO terminaba en línea con aquella primera capilla mayor proyectada, pero no realizada.

Entre el primer templo (con la primera capilla mayor realizada) y la crujía claustral, se dispusieron la antigua sala capitular (hoy sala de reliquias), una zona coral que pronto pasó a transformarse en capilla sepulcral de santa Teresa (hoy forma parte de la capilla de oración, a la que se ha incorporado el antiguo cementerio conventual) y una antigua sacristía que tras la obra real se convertirá en confesionarios. Es el convento una suma de edificaciones en las que la Comunidad ha actuado durante siglos, buscando una cierta regularización, hacer la construcción más sólida y habitable, y más adecuada a las necesidades de cada momento. Todo cuadra con el espíritu práctico de santa Teresa y con la arquitectura de adicción y reaprovechamiento que propugnaba y practicaba.

El análisis de la planta de la iglesia permite definir su proceso constructivo. La iglesia primitiva -de la década de 1571 a 1576- incluía exclusivamente el primer tramo rectangular de la actual iglesia, al que se añadió -casi sin solución de continuidad y reformando y ampliando una inicial capilla que no debió pasar de la fase de proyecto- el siguiente tramo cuadrado con bóveda tardogótica con combados fechada en 1576 que durante un siglo fue capilla mayor del primer templo, al que en la llamada obra real de 1670 se le añadirán crucero, cúpula y nueva capilla mayor, más sacristía y camarines.

La sección longitudinal de Gascón Bernal permite ver, de derecha a izquierda las sucesivas fases constructivas del templo: el cuerpo de la iglesia con la armadura (en rojo) que parcialmente fue cortada para hacer la capilla mayor con bóveda de crucería trazada por Rodrigo Gil de Hontañón (1576) y luego la llamada obra real  formada por el crucero, el presbiterio elevado, el muro del retablo en el que está el sepulcro de santa Teresa y tras él los dos camarines superpuestos.



Si el conjunto de la iglesia y convento se contempla desde la plazuela, desde el convento de los padres carmelitas levantado en 1692 sobre el solar de las casas de Juana de Ahumada, puede hacerse un detenido recorrido por su historia: a la izquierda, en el cuerpo bajo en el que está el zaguán de entrada al convento y donde se abre la más sencilla portada, podemos ver el rastro de lo que serían las antiguas casas principales de los Velázquez, de las que queda el Pozo de San Andrés en el que Teresa Laiz tuvo una visión que está en el origen de la fundación; a continuación se ve -más elevada- la nave de la iglesia primitiva, con dos ventanas y la actual puerta del templo, más una puerta cegada que puede ser la de las casas de Francisco Velázquez; luego se eleva la antigua capilla mayor anunciada por una pilastra de sillería, que tiene otra ventana que rima con las anteriores; y finalmente se ven el crucero y el cimborrio. Tras ellos están la capilla mayor y camarines. En el crucero comienza lo que se ha llamado la obra real (1670).

La portada conventual es de buenas dimensiones, con un arco de medio punto moldurado con mínimas arquivoltas que siguen en las jambas, y con tranqueros a modo de capitel. Sobre ella un gran escudo de los fundadores que se repetirá en el interior y exterior del templo, coronado por yelmo y celada y con muchas guirnaldas. A los lados hornacinas con salientes veneras que acogen una a san José y el Niño, y otra a san Pablo¿?.

La Iglesia

Monumental es la portada de la iglesia con un cuerpo bajo de carácter arquitectónico que refleja el estilo de Rodrigo Gil de Hontañon, con gran puerta de medio punto moldurada, enmarcada entre un orden con columnas con plinto, estriadas, y decoradas en el arranque con bucráneos, guirnaldas y putis. El entablamento es sencillo y en las enjutas van los acostumbrados medallones con San Pedro y San Pablo. El cuerpo superior, marcadamente escultórico y decididamente manierista, se subdivide en dos pisos. El primero, enmarcado entre escudos, recoge un relieve de la Anunciación sobre unos almohadones que invaden el primer entablamento, con un paisaje urbano al fondo. Es obra movida y de buena ejecución, pero algo fría. Tras un nuevo entablamento, con la fecha AÑO 1570 que no encaja con lo conocido de la Fundación y que será posterior, se dispuso un tímpano con la figura agitada de Dios Padre entre nubes. Remata una rica cruz sobre el fingido pergamino con la cartela fundacional, entre figuras acostadas sobre roleos y otras de pié en los extremos. La cantería puede ser de Barajas, pero la escultura es de Juan de Montejo (anótese que muere en 1601 y hereda sus encargos su hijo, de igual nombre) y, por simplificar, se aprecia en él la influencia de Juan de Juni, a través de Lucas Mitata.

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La iglesia primitiva –levantada de 1571 a 1576– incluía exclusivamente el primer tramo rectangular de la actual iglesia, la nave con cubierta de madera, y una capilla mayor proyectada que no debió pasar de la fase de proyecto. Pedro Barajas es el artífice de la pequeña nave y de la capilla mayor de la primitiva iglesia y también del cuerpo bajo de la portada del templo y de la portada del convento. A este nombre deben de añadirse los de Murguía, más Alonso Delgado y Juan González como autores de las tapias del cuerpo de la nave y de la capilla mayor, y el de Pedro Sánchez como autor de toda la obra de la carpintería.

La nave mayor se cierra con una armadura en forma de artesa ochavada, atirantada, con almizate, limas mohamares, cuadrantes y pechinas planas, casi sin decorar y cercana a la de la nave de la iglesia del convento de santa Isabel que en Alba de Tormes se levantaba en aquellos años (antes de 1577). La zona lindante con la capilla fue mínimamente mutilado al ceder parte de la nave para hacer la capilla mayor de 1576 algo más grande que la proyectada, y con un arco toral apuntado más amplio y más alto.

A ambos lados del arco toral de entrada a esa antigua capilla mayor hay sendos escudos de los patrones del convento. La capilla de planta cuadrada, tenía el enterramiento de los Velázquez/ Laiz en el centro y detrás el altar elevado. El testero que cerraba esa capilla desapareció al ampliar el templo con la obra real y por ello – y por la creación de un cuerpo de arquitectura para los sepulcros de la Santa- está incompleta la cornisa que la recorre por el interior a la altura del arranque de las nervaduras de la bóveda, en la que hay una inscripción incompleta que dice

«…A GLORIA DE DIOS … FRANCISCO VELÁZQUEZ…. NES PARA SUSTESTAMENTO  DE LAS MONJAS Y LOS DEMÁS SUS BIENES DEJARON PARA REMEDIO DE SUSDEUDOS Y PARAPOBRES DE TODOS LOS ESTADOS. ACABOSE AÑO 1576»,

fecha que a lo sumo podría convenir al cuerpo inferior de la fachada (no cuadra del todo con otras conocidas que señalan que en 1583 se estaba enlosando y fue bendecida con todo el templo el 21/7/1583). La capilla cierra con una bóveda nervada con múltiples claves ornadas en la conjunción de una teoría de diagonales, terceletes y ligaduras, más patas de gallo, y cuatrifolia de combados a los que se oponen otros combados sobre las diagonales. Tanto esa bóveda, como la espadaña con tejadillo piramidal escalonado que da a la huerta sirven para postular a Rodrigo Gil de Hontañon (†1577) como tracista de la capilla. Ya se ha dicho que también lo fue –al menos- del cuerpo bajo de la portada del templo.

Se cerraba esa capilla con un hastial recto que debió recoger una réplica del Juicio final que en la capilla Sixtina vaticana pintó Miguel Ángel Bounarroti entre 1546-41. Estas pinturas albenses debían coronar el retablo mayor desaparecido, hecho en 1590, con tallas de Juan de Montejo, al que se encargaron otros dos retablos colaterales también desaparecidos ( quizás sean de él los relieves recientemente adquiridos por el Museo Nacional de Escultura). De ellas,  en las recientes restauraciones se han descubierto restos en los tres plementos contiguos a la clave del arco toral  de entrada al crucero, que seguramente se completarían con otras pinturas centrales desaparecidas que ocuparían el remate del testero de la primera capilla mayor, quizás una versión esquemática del modelo de la Sixtina. Sabemos que su autor es Martín Delgado y recogen  los símbolos de la Pasión, repitiendo  –a gran distancia– la disposición y traza de los lunetos del remate del Juicio final. Son de muy regular factura, pero tienen el valor  de testimoniar la llegada a Alba hacia 1590 de modelos de tanta importancia. En esta web, en Textos y documentos, se señala el camino por el que esos modelos pudieron llegar aquí, apuntando a las obras de Marcello Venusti , Giorgio Ghisi o Nicolò della Casa.

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M. A. Buonarroti. Juicio Final en la Capilla Sixtina del Vaticano (conjunto y detalla). Grabados de sus lunetos por A, Casas y por Ghisi, plementos de la antigua capilla mayor de Alba de Tormes con pinturas al fresco que repiten los temas de los lunetos de la Sixtina.

La transformación del templo en santuario teresiano, en panteón de santa Teresa, culminará en la llamada obra real (1670-78): tras tirar el muro de la antigua capilla mayor se amplió por allí la cabecera con un nuevo crucero con su correspondiente cúpula con linterna, más un presbiterio en alto, los dos camarines tras él, y al lado del evangelio un coro y una gran sacristía. Recuérdese que Teresa fue beatificada en 1614 y canonizada en 1622. El calificativo de obra real recuerda la gran ayuda económica de Felipe IV y su esposa María de Austria, pero también ayudaron el obispo Salazar, y los obispos de Michoacán y Huamanga, Francisco Luna y Cristóbal del Castillo y Gamarra y seguramente el conde de Peñaranda y la casa ducal de Alba, que no en vano puso su escudo sobre la embocadura del sepulcro. Impulsó la obra el citado conde de Peñaranda, Pedro Colona, encargado de aprobar planos y firmar los oportunos contratos. El autor del proyecto fue el carmelita fray Juan de san José, el mismo que en 1677 da las trazas de la Capilla de Nuestra Señora de Loreto de las carmelitas de Peñaranda de Bracamonte y que también tuvo que ver con el convento de los carmelitas de Alba. Terminada la obra se acometió la decoración de la ampliación, colocando en las pechinas los cuadros hexagonales Terminados en 1674 por Francisco Ricci, con temas teresianos: santa Teresa ante la Trinidad, recibiendo el clavo, recibiendo el collar y la coronación de la Santa. Fray Francisco de Jesús María es el autor del retablo central y de los laterales, que como los cuadros de Ricci son de un barroco contenido, clasicista y cortesano, alejado de las grandes máquinas con columnas salomónicas que se levantaron por entonces en otros templos. Se trasladó la antigua urna sepulcral de caliza al centro del nuevo retablo y el 21 de marzo se 1686 se consagró nuevamente la iglesia.

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Francisco Ricci, 1764, cuadros en marcos hexagonales de las pechinas.

El primitivo templo estaba destinado a enterramiento del matrimonio fundador en el centro de la capilla mayor y en las capitulaciones fundacionales y otras posteriores se reservaba esa capilla para ellos y se limitaban los otros enterramientos en el templo a contados miembros de su familia y la familia de la hermana de la Santa.  El monumento sepulcral de Francisco Velázquez (†1574) y Teresa Laíz (†1583) se dispuso en el centro de la antigua capilla mayor, ante el elevado presbiterio, sobre una cama, con  imágenes yacentes y paje  y  estaba protegido por una reja, y seguramente fue labrado por Juan Montejo.  En 1627, tras la ejecución de un nuevo sepulcro mural para la Santa, el sepulcro exento de los fundadores fue trasladado al muro de la epístola de la  antigua capilla mayor, al arco del sepulcro que fue de  Isabel de Laíz y Bartolomé del Carpio. El nuevo arcosolio, más amplio y más profundo,   es obra del arquitecto Juan Moreno, de orden dórico, con pilastras, retropilastras y frontón partido y se adorna con escudos y gran cartela, y en él los yacentes quedan encajonados y el paje apenas tiene sitio.

Además de los sepulcros de los fundadores, se enterraron en los muros de la capilla mayor familiares de Teresa Laiz: Isabel Laiz y su esposo Bartolomé del Carpio y en el otro su hermano el licenciado Pedro Aponte.  En la pequeña nave cerrada por una armadura de madera se abrieron hacia 1600 los huecos sepulcrales de los Galarza y el de los hermanos de la Santa.

A los pies del templo, frente a la entrada y bajo el coro del órgano, está el sepulcro que acoge a Juan de Ovalle Godínez (†1596), su mujer Juana de Ahumada (†1587) y al hijo de ambos Gonzalo de Ovalle (†1585), cuyos bultos fueron contratados en 1601 por el convento con el cantero Alonso Rodríguez, terminándose en 1603. Las estatuas son de piedra de Villamayor, la de él «armado y con un yelmo a los pies y un pajecito, y su espada en la mano», y la de ella «con su vestido rico y su toca». A sus pies, en lugar del pajecito y la dama que figuran en el contrato, se labró una figura juvenil que representa a su hijo Gonzalo. El enterramiento se hace en un gran arcosolio precedido de un orden clásico con plinto, columnas jónicas estriadas, entablamento y escudos en los lados.

Magnífico es el sepulcro de Simón de Galarza y de su mujer Antonia Rodríguez (sobrina del fundador), hecho por Juan de Montejo en piedra de Villamayor y abierto en el hueco de la puerta, conforme al testamento de Teresa Laíz: «que den aquel arco de la puerta que se cerró a Simón de Galarza para él y sus descendientes». Para aprovechar el hueco no se hizo marco arquitectónico, ajustando forzadamente las estatuas yacentes, la de él sobre la cama y la de ella como yacente mural, con riquísimo vestido, leyendo y en marcado altorrelieve. A los pies dos figuras infantiles, a modo de paje y damita. Remata todo un escudo descomunal con figuras femeninas como tenantes y en el frente de la cama una cartela epigráfica en piedra negra excesiva en contenido y dimensiones, entre dos escudos. El recargamiento formal ya es barroco.

Claro está que el enterramiento de santa Teresa es el que hace totalmente singular a este templo, y el que transformó su sencilla planta de templo carmelitano en un panteón, en un complejo proceso (1582 a 1760) el venerado cuerpo fue elevado desde el suelo a lo alto del templo, siempre al calor de los sucesivos altares mayores y coros conventuales.

El 15 de octubre de 1582 es enterrada en una primera caja en el antiguo coro bajo, entre las dos rejas (entre el coro y el presbiterio) y bajo gran cantidad de cal. Teresa Laíz dice en un codicillo de su testamento, de 1583,

«que se haga el enterramiento de la Madre Teresa de Jesús que está en el cielo con las piedras de mocárabes y letreros, como estaba tratado con Barajas».

De aquel enterramiento sabemos más tras la restauración del templo y la consiguiente excavación arqueológica que han sacado a la luz el sepulcro mismo y los arranques de un muy amplio arco apuntados, situados ambos en el muro de la capilla mayor de 1576, en el mismo lugar donde se sucedieron los posteriores enterramientos de la Santa.

Obligado es recordar que Efrén de la Madre de Dios ya indicó que cuando se pretendía hacer cuadrada la red (reja) del coro bajo, la Santa dijo que «no se ha de hacer sino con arco, porque se ha de poner allí el depósito). Entre el 24 de noviembre de 1585 y el 23 de Agosto de 1586 el cuerpo de nuestra fundadora estuvo en san José de Ávila. Vueltos sus restos a Alba, desde 1588 se piensa en elevar el sepulcro desde el suelo y ello se concreta cuando el 6/12/1600 Juan de Montejo y Alonso Rodríguez, escultores de Salamanca, contratan el nuevo enterramiento que era también una fachada clasicista para los dos coros primitivos y supuso, finalmente, la instalación del cuerpo de santa Teresa en un arca en el coro alto. De las detalladas condiciones de aquel contrato hay que destacar estas: «La cuarta que toda la dicha obra ha de ser de piedra de Villamayor, la más blanca e limpia e del mejor grano que se pudiere aver»; «La quinta que las pilastras, ansí de lo alto como de lo bajo, en los pedestales, han de ser cada uno de una pieza, el pedestal con todos sus miembros enteros de una pieza, e las seis pilastras cada una de una pieza, sin basas y capiteles, las quales las basas y capiteles han de ser perpiaños que atraviesen toda la pared»; y «La 6ª que los cuatro capiteles de la primera orden han de ser corintios e los dos de la segunda compuestos». Lo fundamental de la obra debió hacerse en el plazo determinado, pero hasta 1604, al menos, no se terminó ese muro sepulcral. Beatificada la Santa en 1614, se procedió a organizar la antigua zona coral haciendo que sus dos pisos resulten en tres (uno rehundido como capilla devocional, otro como coro conventual del que aún es visible el comulgatorio -en alto y a la derecha del sepulcro-, y un último que corresponde con el arco del remate). A este último arco, casetoneado en su interior y hoy tapiado, se llevó la «urna de piedra blanca alabastrada, muy bien floreteada de oro» en la que se depositó el cuerpo de la Santa. En el espacio entre medias, una inscripción dice:

«SIENDO PAULO V SUMO PONTÍFICE Y FELIPE [III], REY CATÓLICO DE LAS ESPAÑAS, ESTA CAPILLA EN LA QUE ANTES HABÍA SIDO INHUMANO EL CUERPO DE LA B(IENAVENTURADA) VIRG(EN) TERESA, FUNDADORA DE LA MISMA REFORMA, PARA QUE EN ELLA SUS MISMOS RESTOS SEAN CUSTODIADOS COMO ALHAJAS SAGRADAS, FUE DEDICADO Y CONSAGRADO A DICHA VIRGEN POR. F (RAY). JOSÉ DE JESÚS M(ARÍA)., GENERAL V(ISITADOR) DE LA ORDEN REFORMADADE LA B(IENAVENTURADA). V(IRGEN). M(ARÍA). DEL MONTE CARMELO ELAÑO D(EL SEÑOR) DE M DC XV (=1615).

La documentación conventual señala que el 11 de julio de 1616 se abrió el arca de la Santa y luego se coloca en «la urna de piedra que para el efecto avía hecho la Religión…». «Agora, últimamente, en honor de la Santa, hizo la Religión la Capilla que está debajo del Coro, dispuso el Sepulcro como se ve (en gracia de los fieles que por su devoción o por voto le vienen a visitar) y esta urna de piedra para colocar en ella el Santo Cuerpo…». La urna es una pieza magnífica de piedra de Villamayor que imitaba el alabastro, adornada con gallones, cerrada con tapa también gallonada, con una inscripción en su alta base (ERIT SEPULCHRUM EIUS GLORIOSUM) y adornada en su frente con un escudo carmelitano muy saliente con restos de pintura. Aquella primera urna sepulcral en 1677 se trasladó al nuevo retablo de la nueva capilla mayor, siendo –como veremos– sustituida en 1760 por la actual y llevada a una antigua ermita del convento dedicada a san Andrés, y en 2003 ha sido restaurada e instalada provisionalmente tras la reja del coro primitivo.

En 1760 y tras modificar el arco recubriéndole de mármoles, se procede a cambiar la urna citada por un nuevo sepulcro de mármol negro jaspeado donado por los reyes Fernando VI y Bárbara de Braganza, debido a Jacques Marquet («J. Marquet delineavit, anno 1759, et invenit), el arquitecto francés que el duque de Alba había traído a España y había pasado al servicio de la Corona (autor del palacio de los Alba en Piedrahíta y de la Casa de Correos de la Puerta del Sol de Madrid). La nueva urna era «de mármol de san Pablo (de los Montes de Toledo) con sus adornos de bronce dorados, de oro molido, que se halla embutida en un arco del mismo mármol en dicho altar con toda magnificencia y dos ángeles en la superficie de dicha urna de la misma materia». En esa urna, fue colocado el cuerpo en una caja hecha en Orleáns, que era «de plata, ricamente adornada de realce de la misma materia, forrada toda por dentro en terciopelo carmesí». Hacia el camarín se puso una hermosa reja que parece de Duperier.

En 1761 se hicieron las rejas de plata hacia la iglesia (con ellas toda la clausura tenía la obligada doble reja) y muy ricas puertas de madera hacia el camarín. La nueva ubicación del cuerpo de la Santa, y la exposición de los relicarios con su brazo y su corazón tras sendas puertas del retablo que daban al camarín bajo, dio un especial valor a esas dos piezas, cubriéndose con pinturas decorativas el camarín alto y arreglándose luego el bajo, y aderezándose sus paredes con lo mejor de la escultura, la pintura y la orfebrería conventual. Desde entonces cesó el deambular por el templo de un cuerpo de la Santa que había encontrado su definitivo descanso. Sus restos se libraron, de modo sorprendente, de los ejércitos franceses y de las distintas revoluciones y  guerras del XIX y XX.

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